El banquete y el fuego
Cómo los líderes pierden un mundo: el relato talmúdico de la destrucción de Jerusalén — Parte I
Guitín 55b–56a · Yoma 9b · Eijá Rabá 4:3 · Tosefta Shabat 17:4
Antes de comenzar, una breve aclaración. Lo que sigue es una interpretación entre muchas. Algunos de los personajes de estas historias fueron grandes tzadikim —hombres y mujeres de una estatura espiritual incalculable— y los sabios que las registraron eligieron cada palabra con sumo cuidado. Ofrecemos una interpretación, basada en el texto y en los comentaristas clásicos, los Meforshim; no pretendemos haber comprendido la profundidad de sus pensamientos o sentimientos. Donde un ensayo dice «él sentía» o «los sabios querían decir», léase: «así es como la historia, tal como la entendemos, nos invita a verlos».
אֵיכָה יָשְׁבָה בָדָד הָעִיר רַבָּתִי עָם
"¡Cómo se sienta sola la ciudad que estaba llena de gente!" (Lamentaciones 1:1)
En el verano del año 70 las legiones romanas rodeaban Jerusalén, y al Templo le quedaban semanas de vida. El Talmud, que recuerda ese verano cuatro siglos después, no nos habla de las legiones. Nos habla de un banquete, de una mujer que muere de hambre, de un ataúd y de un zapato.
A los rabinos no les interesaba mucho lo que hizo Roma. Roma era solo el instrumento. La descomposición era nuestra. Les interesaba lo que hicimos nosotros, y lo que un sabio muy anciano, Rabán Yojanán ben Zakai, hizo de otra manera. Leído así, el pasaje no es un lamento. Es un estudio del liderazgo: cómo los líderes pierden un mundo, y cómo un líder salvó lo que todavía se podía salvar.
Este ensayo toma la primera mitad: cómo empezó el fuego. El segundo, La escuela y el ataúd, toma a Rabán Yojanán ben Zakai.
El relato
אַשְׁרֵי אָדָם מְפַחֵד תָּמִיד וּמַקְשֶׁה לִבּוֹ יִפּוֹל בְּרָעָה
"Feliz el que teme siempre; el que endurece su corazón cae en el mal." (Proverbios 28:14)
Rabí Yojanán¹ abre con ese versículo y luego dice: Jerusalén fue destruida por causa de Kamtza y Bar Kamtza. Dos hombres cuyos nombres se diferencian en una sílaba. No se nos dice nada más de ellos.
Un hombre hizo un banquete. Le dijo a su sirviente: «Tráeme a mi amigo Kamtza». El sirviente invitó por error a su enemigo, Bar Kamtza. El anfitrión lo encontró sentado y le dijo: «Tú eres mi enemigo. Levántate y vete». Bar Kamtza rogó: déjame quedarme y pagaré mi comida. Por la mitad del banquete. Por el banquete entero. Tres veces, la respuesta fue no. Entonces el anfitrión lo tomó de la mano y lo echó.
Bar Kamtza se dijo: los sabios estaban sentados allí y no protestaron. Entonces les pareció bien. Iré a denunciarlos ante el emperador.
Le dijo al César que los judíos se habían rebelado y propuso una prueba: envía una ofrenda y mira si la sacrifican. El César envió un becerro fino. En el camino, Bar Kamtza le hizo un pequeño defecto en el labio, un defecto que descalifica al animal según la ley judía y que no significa nada según la ley romana.
Los sabios, bien conscientes de lo que estaba en juego, consideraron ofrecer el becerro de todos modos, por la paz con el imperio. Rabí Zejariá ben Avkulas se opuso: la gente dirá que se pueden ofrecer animales con defecto. Consideraron matar a Bar Kamtza antes de que pudiera denunciarlos. Rabí Zejariá se opuso otra vez: la gente dirá que a quien le hace un defecto a una ofrenda se le da muerte.
Y Rabí Yojanán da el veredicto. La humildad de Rabí Zejariá ben Avkulas destruyó nuestro Templo, quemó nuestro Santuario y nos exilió de nuestra tierra.
El Midrash sobre Lamentaciones cuenta la misma historia con una diferencia, y esa diferencia lo cambia todo. Cuando el anfitrión dice «Levántate y vete», el Midrash nombra a quién estaba en la sala:
וְהָיָה שָׁם רַבִּי זְכַרְיָה בֶּן אַבְקוּלָס וְהָיְתָה סֵפֶק בְּיָדוֹ לִמְחוֹת וְלֹא מִיחָה
"Y Rabí Zejariá ben Avkulas estaba allí, y estaba en su mano protestar, y no protestó." (Eijá Rabá 4:3)
En esa versión no hay ningún debate sobre el becerro.² La falla empieza en la mesa.
Un texto más. El Talmud en Yoma pregunta por qué fue destruido el Primer Templo, y responde: idolatría, relaciones prohibidas, derramamiento de sangre. ¿Y el Segundo Templo, en una generación ocupada en la Torá, los mandamientos y los actos de bondad? Por el odio gratuito, sinat jinam, que pesa tanto como los tres juntos. Después, el Talmud agrega una interpretación ominosa: a la primera generación, cuyo pecado era visible, se le dijo cuándo terminaría su exilio: setenta años. A la segunda, cuyo pecado era oculto, no se le dijo nada. (Yoma 9b)
Nada de esto es mito. Josefo, que vio el sitio y lo escribió, nunca leyó el Talmud, y los rabinos nunca lo leyeron a él. Y sin embargo, en lo que importa coinciden: Roma no destruyó Jerusalén. Jerusalén se destruyó a sí misma.³ La historia nos dice qué pasó. El Talmud nos dice qué significó.
Las lecciones
Cualquiera que pase un rato con esta historia termina haciéndose las mismas preguntas. ¿Por qué el veredicto no cae sobre el anfitrión cruel, ni sobre el traidor, sino sobre la humildad de un rabino que no rompió ninguna regla? ¿Por qué el Midrash pone a ese mismo rabino en la sala del banquete, callado? ¿Y por qué una generación llena de Torá recibe un castigo más pesado que los idólatras? Creo que las tres respuestas forman un solo argumento.
1. Desde un lugar de autoridad, el silencio es un dictamen
El razonamiento de Bar Kamtza, «estaban sentados allí y no protestaron, entonces les pareció bien», no es paranoia. Así funciona la autoridad. Quien ocupa un cargo no tiene la opción de no tener opinión. Su silencio es su opinión, y todos en la sala lo leen así.
¿Qué les habría costado a los sabios hablar? Una frase. Quizá se dijeron: no es nuestra casa; no se avergüenza a un anfitrión en su propia mesa; ¿quién soy yo para intervenir? Además, puede que Bar Kamtza fuera un villano conocido, quizá un marginado. Un hombre común no se vuelve traidor de la noche a la mañana. Todos nosotros hemos usado esas razones. Nadie en esa mesa se sintió cómplice. Se sintieron educados. Desde adentro, el silencio casi nunca se siente como tomar partido. Se siente como buenos modales.
El Talmud dice en otro lugar que avergonzar a alguien en público es derramar su sangre: el rostro se pone blanco, la sangre se va.⁴ En ese banquete se derramó sangre delante de los líderes de la generación, y nadie la llamó por su nombre.
El Midrash y el Talmud, leídos juntos, dibujan un solo retrato. El hombre que se quedó callado en la mesa es el mismo hombre que, semanas después, no pudo doblar una regla para salvar la ciudad. Rabí Zejariá ben Avkulas es una de las figuras más inquietantes de la literatura rabínica porque no hizo nada malo. Cumplió cada ley, hasta la destrucción del Templo.
Y la palabra que el Talmud elige para su falta no es «rigor» ni «error». Es humildad. «¿Quién soy yo para doblar la regla?» suena a modestia. Es negarse a cargar el peso de una decisión que solo un líder puede tomar. Callado en la mesa, estricto con el becerro: no son dos faltas, sino una. El hombre no quería tomar posición, y los sabios nos dicen que era una costumbre.⁵ Quizá no sea casualidad que ni una sola enseñanza de Rabí Zejariá haya quedado registrada en el Talmud.
El judaísmo siempre supo que la ley sirve a la vida, «y vivirás por ellas» (Levítico 18:5), y tiene una cláusula de emergencia, «tiempo es de actuar por el Señor» (Salmos 119:126).
La falla de Rabí Zejariá no fue ser demasiado religioso. Fue estar dentro de una emergencia y no poder verla. El don más raro en un líder no es la severidad, ni tampoco la indulgencia. Es saber en qué clase de momento uno está, y actuar en consecuencia.⁶
2. En una sociedad enferma no hay errores pequeños
El versículo del que cuelga todo el relato, «feliz el que teme siempre», no habla de ansiedad. Habla de atención. Tomar en serio las cosas pequeñas antes de que se vuelvan grandes. Cada personaje del relato hace lo contrario.
El sirviente comete un error inocente y nunca lo corrige. ¿Un incidente pequeño destruye una civilización, o solo revela una que ya estaba rota? La respuesta del Talmud es: las dos cosas. Sí, la ciudad estaba enferma de odio gratuito. Y sí, hizo falta un sirviente en la puerta equivocada y una cadena de personas que no dijeron nada. Las civilizaciones no caen solo porque están enfermas. Caen porque, en un día cualquiera, alguien se equivocó y nadie lo corrigió.
3. La falla oculta es peor que la falla visible, porque no se puede nombrar
¿Por qué una generación de Torá y bondad sufre un exilio más largo que los idólatras? Porque la idolatría se ve. Hay una estatua; uno la quita; uno sabe que la quitó. Una enfermedad visible tiene un curso conocido, y por eso el primer exilio tuvo fecha de término.
El odio gratuito nunca se presenta como odio. Se presenta como tener razón. En todo el relato, nadie se vive a sí mismo como el villano. El anfitrión tiene razón: ese hombre es mi enemigo. Los sabios tienen razón: no es nuestra casa. Rabí Zejariá tiene razón: soy fiel a la ley.
Un pecado que uno vive como una virtud no tiene camino de arrepentimiento. El arrepentimiento empieza por nombrar el pecado, y uno no puede nombrar algo que le parece la mejor parte de sí mismo.
Por eso no se reveló ningún final. No es crueldad. No hay plazo para una enfermedad que cambia de nombre cada vez que uno la busca. Así que los sabios no nos dieron una fecha. Nos dieron una temporada, las Tres Semanas, en la que la pregunta que hacemos cada año no es «¿qué hizo Roma?», sino «¿qué dejamos de decir?».
La línea más dura de Yoma es fácil de pasar por alto. Aquella generación estaba llena de Torá, de mandamientos y de bondad. No eran malas personas. Eran una sociedad que cumplía cada regla religiosa, podrida exactamente en los lugares que nunca pensaron examinar.
Si avergonzar en público es derramar sangre, entonces el Segundo Templo no cayó por un pecado menor que el Primero. Cayó por el mismo pecado, en su forma invisible. Rav Kook sacó la única conclusión posible: lo que destruyó el odio gratuito, solo el amor gratuito puede reconstruirlo.
Coda
Así cayó la ciudad, no ante Roma sino ante sí misma. Una sala de líderes que no quisieron hablar. Un rigor que no supo ver la emergencia. Una cadena de errores pequeños que nadie corrigió. Un pecado que llevaba la máscara de la virtud.
El Talmud no se detiene ahí. El mismo pasaje se vuelve, en su segunda mitad, hacia Rabán Yojanán ben Zakai, que aceptó la pérdida y pidió algo pequeño: un ataúd, un zapato, una escuela. Ese es el próximo ensayo.
Notas
- El sabio del siglo III de la Tierra de Israel, no el Rabán Yojanán ben Zakai del segundo ensayo.
- En el Midrash, Bar Kamtza sale de inmediato («esta gente está recostada a sus anchas; iré a denunciarlos»), y lo demás sigue: el gobernante, las ofrendas, los defectos hechos en secreto de noche, un sacerdote que en silencio ofrece otros animales en su lugar y demora al enviado día tras día, y al final el informe de que el denunciante decía la verdad. El veredicto es el mismo, en boca de Rabí Yosei: la humildad de Rabí Zejariá ben Avkulas quemó el Santuario.
- Josefo fue sacerdote, comandante rebelde en la Galilea y cautivo de Roma desde el año 67; vio el sitio desde el campamento romano. Despreciaba a los fanáticos y tenía poco aprecio por los rabinos. Fecha la guerra en el día en que el Templo suspendió el sacrificio diario por el emperador, que es el becerro rechazado del Talmud visto desde el otro lado. Y como Yoma 9b, insiste en que a la ciudad la derribaron sus propias facciones, que se odiaban entre sí más de lo que odiaban a Roma. En el 66, Judea llevaba sesenta años bajo procuradores romanos, el último de los cuales, Floro, saqueó el tesoro del Templo; la ciudad estaba partida entre una aristocracia sacerdotal rica y un pueblo pobre y furioso.
- Bavá Metziá 58b.
- La Tosefta registra una discusión sobre los huesos y las cáscaras que quedan en la mesa de Shabat (Tosefta Shabat 17:4). Beit Hilel dice: se levantan de la mesa. Beit Shamai dice: se levanta la bandeja entera y se sacude. Zejariá ben Avkulas no hizo ni una cosa ni la otra. Los juntaba y los tiraba detrás del diván. Y allí, en un pasaje sobre migas, Rabí Yosei dicta el mismo veredicto: la humildad de Rabí Zejariá ben Avkulas quemó el Santuario. No fue una mala noche. Fue una resistencia instalada a tomar posición, y las costumbres de ese tipo, en un líder, no se quedan pequeñas.
- Una advertencia, y es del Maharal. En Netzaj Israel insiste en que la destrucción no se explica al final por una cadena de Bar Kamtza, Zejariá y Roma; pertenece a un juicio Divino sobre la condición de Israel y a la naturaleza misma del exilio, y ningún banquete da cuenta de eso. No creo que esto anule el veredicto de Rabí Yojanán. Un hecho puede tener una causa cercana y una causa más alta a la vez. Lo que no podemos decir es que, si él hubiera permitido el becerro, el Templo seguramente habría quedado en pie. Lo que sí podemos decir es el punto que importa para un líder: creer que el Cielo decide el resultado no te exime de elegir bien entre las opciones que tienes delante.